jueves, 10 de septiembre de 2026

LA FORTALEZA FUERTELUZ. Relato de fantasía

La fortaleza Fuerteluz

Relato de fantasía

La fortaleza Fuerteluz es un relato de fantasía protagonizado por Johar, un misterioso brujo que llega acompañado de su halcón Valko al último bastión de civilización antes del valle Aislado.



Relato completo

    Desde lo alto, Valko planeaba sobre el aire frío de la mañana. Sus alas grisáceas apenas se movían mientras sus ojos, de un amarillo penetrante, escudriñaban el paisaje desplegado bajo el cielo. La fortaleza de Fuerteluz apareció sobre la colina. Las tejas rojizas de los edificios brillaban bajo los primeros rayos del sol, contrastando con los muros de piedra grisácea que encerraban el interior adoquinado. En el corazón de la fortaleza, la torre del duque Aldric Krael vigilaba las tierras circundantes, mientras la capilla del Cantar de la Nueva Esperanza, con su pequeño campanario, reflejaba la creciente presencia de la nueva religión que se extendía por el territorio. 
   
    A lo largo del recinto amurallado, los establos y la herrería ya presentaban cierta actividad. Desde lo alto, Valko distinguía figuras diminutas: hombres y animales preparándose para afrontar una nueva jornada. El humo ascendía desde la chimenea de la posada, para mezclarse con el aire fresco del valle. Más allá de los almacenes, una hilera de carretas, cargadas de mercancías, formaba una fila irregular.

    Al desviar la vista hacia el norte, Valko divisó la aldea de Brumaverde, enclavada junto al serpenteante río Ardal. El molino, con sus gigantescas aspas en movimiento, dominaba el paisaje rural. Alrededor, los campos de cultivo se extendían en un patrón de verdes y dorados, dibujando líneas que indicaban la presencia de cereales y hortalizas.


    El halcón descendió en espiral, acortando la distancia entre el cielo y el campamento donde Johar permanecía inmóvil. El brujo, con su ajustada armadura de cuero oscuro, parecía una sombra entre los arbustos.

    Valko se posó en una rama cercana. Desde ahí, observó los restos de la hoguera y el petate donde su amo había pasado la noche. Cuando su mirada se cruzó con los ojos dorados e inquietantes del brujo, las hebras mágicas que los conectaban se desvanecieron; ambos salieron del trance que les permitía compartir la visión.

    Johar sonrió al ver a su halcón sobre la rama. Permaneció inmóvil unos instantes más, pues al cortar la conexión mágica su sentido del equilibrio se resentía. Su cabello negro caía sobre los hombros, salvo por un mechón blanco pegado a su frente. A la espalda llevaba una ballesta ligera, en el cinto sus dagas.

    Valko voló con elegancia hasta el antebrazo de Johar. Sus garras se aferraron al cuero del brazal protector. El brujo sacó de su bolsa un trozo de carne seca, oscura y ahumada, para ofrecerlo con calma mientras el halcón desgarraba la comida con su pico.

    —Quédate en las inmediaciones —le dijo Johar a través de su vínculo telepático—. No sabemos qué nos espera en Fuerteluz.

    —¿Qué harás en la fortaleza? —preguntó el halcón, haciendo una pausa en su comida.

    —Primero iré al tablón de anuncios de la torre del alguacil —respondió Johar—. Allí es donde cuelgan las ofertas de trabajo y los mensajes importantes. Necesitamos empezar a movernos para descubrir qué secretos oculta el valle Aislado.

    Valko tragó el último trozo de carne antes de desplegar sus alas.
    
    —Quizá encontremos indicios de la desaparición de los antiguos dioses —reflexionó el halcón; después alzó el vuelo.

    Johar se levantó y comenzó a caminar por el sendero de gravilla serpenteante hasta la colina. Sabía que Fuerteluz era el último bastión de civilización antes de adentrarse en el valle Aislado. La fortaleza mantenía un pequeño destacamento de soldados bien pertrechados, aunque era evidente: con la construcción de la posada, la taberna, los establos, la herrería y las tiendas de suministros, que el duque Aldric Krael prefería enviar a aventureros para explorar la región salvaje en lugar de a sus propios hombres.

    Desde la distancia, la imponente puerta de doble hoja, fabricada en roble antiguo y reforzada con gruesas bandas de hierro, se encontraba abierta. A ambos flancos, dos soldados permanecían vigilantes. Las hojas de sus alabardas brillaban bajo el sol; aunque sus armaduras de malla se encontraban desgastadas por el uso.

    El primero, un hombre de mediana edad con una barba canosa y ojos escrutadores, miró desconfiado al brujo cuando se aproximó. El otro, más joven pero igualmente curtido, aferraba con fuerza su arma, listo para actuar en cualquier momento.

    —¿Qué asuntos te traen a Fuerteluz, forastero? —preguntó autoritario el guardia de mayor edad.

    Johar se detuvo a unos pasos de ellos, fuera del alcance de las alabardas. Sus ojos dorados brillaron bajo la sombra de la capucha mientras los evaluaba; respondió con calma.

    —Soy un aventurero —dijo con firmeza—. Busco trabajo en la región, me dirijo a la torre del alguacil.

    El guardia joven intercambió una mirada con su compañero antes de hablar.

    —La fortaleza Fuerteluz siempre tiene ofertas de trabajo —dijo, evaluando al brujo—. Pero ten cuidado. No todos los que recorren el valle Aislado regresan.

    —Soy consciente de los riesgos —respondió Johar, asintiendo ligeramente.

    El guardia mayor entrecerró los ojos, midiendo al forastero por un instante más, antes de hacerse a un lado.

    —Está bien, puedes pasar —dijo, tras hacer un gesto a su compañero para dejarlo entrar.

    Johar avanzó por el adoquinado irregular hasta la torre del alguacil. Su mirada se desvió al tablón de madera junto a la entrada, donde varios pergaminos colgaban en un caótico desorden. Apoyado en la estructura, un hombre vestido con una túnica blanca impoluta rasgaba las cuerdas de un laúd con pericia, entonando una melodía embriagadora ante tres jóvenes mercenarios que depositaron unas monedas en la caja que transportaba el músico.


    El brujo miró la escena con escepticismo. Sus ojos dorados se entrecerraron, frunció el ceño bajo la capucha. Se acercó al tablón mientras sus pensamientos brotaban con intensidad: «Otro devoto del Cantar de la Nueva Esperanza. Malditos oportunistas; se aprovechan de la desesperación de la gente... a cambio de oro y fe vacía».

Gracias por leer el relato,

Un saludo

No hay comentarios:

Publicar un comentario